domingo, 16 de marzo de 2014

El Caso Dreyfus del Siglo XXI


Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce -Martianos-Hermes-Cubainformación.- En medio de una sociedad medianamente dividida por razones étnicas y raciales, una persona resulta acusada de espionaje. Ninguna prueba fehaciente del delito fue presentada en el juicio, pero las presiones del medio, la prensa siempre sensacionalista y la cólera nacida de las radicalidad política, confluyó en una condena de por vida. 
La familia, abrumada por la injusticia, logró en un momento hallar un periodista llamado Bernard Lazare, para que enfrentase la tremenda injusticia. 
Más tarde, un escritor famoso de la época, Emilio Zola, escribió un alegato a favor de quien había sido víctima de una legalidad, que fundamentó su decisión exclusivamente en razones políticas y en las pasiones del medio. Como consecuencia de ese proceso injusto y la existencia de una rabia nacida de un infundado espíritu de revancha, un hombre fue llevado a las ergástulas, en una época donde las condiciones penales aún se remontaban al primitivismo romano.  
Dos años antes, en el año 1896, un funcionario honesto y justiciero relacionado con las estructuras de Estado, descubrió que el culpable había sido otro, pero el sistema jurídico que lo había condenado se negó a reconsiderar su decisión. 
El caso al cual nos referimos es conocido como el Caso Dreyfus, un capitán del ejército francés de origen judío, acusado falsamente de espionaje.
En la ciudad de Miami, en setiembre de 1998, fueron apresadas 10 personas de origen cubano, a quienes desde el inicio se les consideró espías al servicio del gobierno cubano. De estas diez personas, cinco fueron instruidos de cargo acusadas de varios delitos, las otras hicieron arreglos con la fiscalía a cambio de no ser enjuiciadas. 
Dichas acusaciones fueron las siguientes:
A)  Conspiración para cometer asesinato en primer grado
B)   Conspiración para cometer espionaje
C)   Conspiración para cometer delito en contra de Estados Unidos
D)  Identidad y Documentación falsa 
De todos estos cargos, el más grave de ellos, “Conspiración para cometer asesinato en primer grado”, fue imputado a Gerardo Hernández, jefe operativo de una red de agentes de la inteligencia cubana, enviada a Miami para detectar a terroristas que en la década del noventa estaban desarrollando una intensa actividad de esa índole, orientada a desestabilizar al Estado cubano. 
En realidad, de acuerdo a la defensa, el cargo de conspiración para cometer espionaje nunca fue probado. 
Del mencionado cargo fueron instruidos Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero, implicando el mismo que dichas personas habían robado información sensible del Estado de Norte de América llamado Estados Unidos. (Siempre es importante aclarar que en el Norte de América existe otro Estado llamado Canadá). 
De los tres acusados, sólo Ramón y Antonio podían presentar ligeras dudas sobre la veracidad de la acusación, pero en ninguno de los dos casos hubo pruebas contundentes para que pudiesen resultar culpables “más allá de toda duda razonable”.
Las condiciones políticas del medio donde se desarrolla el juicio estaba compuesto por 50% de cubanos, la mayoría de los cuales tenían (especialmente a comienzos del Siglo XXI), grandes prejuicios, reservas y espíritu de revancha, respecto al gobierno de Cuba. Lamentablemente el reducido número que padecían el síndrome de la revancha, dominaban los gobiernos locales, la prensa privada y los medios informativos federales llamados Radio y TV Martí.    
El más grave de los cargos, el imputado a Gerardo Hernández por asesinato en primer grado, era a todas luces una vileza jurídica que estaba dirigida precisamente a satisfacer la irresponsabilidad de un grupito de personas que ocasionaron el derrumbe de dos avionetas que incursionaban y habían incursionado con anterioridad, el espacio aéreo cubano, en varias oportunidades, lanzando panfletos que alentaban a la población a rebelarse en contra del gobierno cubano. Los autores tienen cargos en los tribunales cubanos y por supuesto son reclamados por la justicia de ese país. 
Para lavarles la cara ante la irresponsabilidad de haber volado en territorio cubano, a pesar de haber sido advertidos por el propio gobierno estadounidense de que serían derribados en caso de violar nuevamente un territorio extranjero, Gerardo Hernández fue convertido en el Alfred Dreyfus de Estados Unidos. 
Lo que añade iniquidad a la injusticia de un caso obviamente politizado, es que toma lugar en el país que con mayor seriedad y certeza, se pusieron en vigor los aportes liberales que dieron al traste finalmente con el feudalismo y por el otro lado, por ocurrir ciento dos años después de la terrible injusticia que llegó incluso a poner en peligro a la República en Francia. 
La diferencia principal en este caso es que no ha surgido un periodista como Bernard Lazare o un intelectual de fama equivalente al Emilio Zola de la época, que pongan a rodar el caso y lo proyecten universalmente como su justa dimensión merece. 
Los cinco agentes en general han cumplido sus delitos reales en los casi quince años que llevan en prisión. Dos de ellos incluso ya cumplieron sus sentencias, aunque vale mencionar tanto en el caso de estos dos, como el de los tres aún en prisión, que no todos los cargos fueron comprobados en su totalidad y las defensas no tuvieron acceso (aún no la han tenido), a todas las supuestas pruebas de la fiscalía. Las huellas de la injusticia continúan para los Cinco y no serán borradas hasta que una Corte de Casación como en el caso Dreyfus en 1906 o un Perdón Presidencial, no anule el juicio o les conceda inocencia, para que se haga justicia. 
Pero salvando esos aspectos y sin considerar la gravedad de los mismos, el caso de Gerardo merece una atención de la que ha adolecido, precisamente porque a la injusticia del juicio se agrega la perpetuidad de la sentencia. 
Quizás esta particularidad ha ocurrido porque las personas de nivel gubernamental o con una dimensión pública capaz de llegar a la cúspide del Estado en Washington, no han entendido la politización del caso, careciendo por ende de la suficiente curiosidad para revisar el expediente acusatorio de este nuevo Dreyfusdel Siglo XXI. 
Dejo por ahora el asunto, siempre con la esperanza de que un articulista, de centésima importancia como es mi caso, sea leído o escuchado por un oído justiciero y haga el trabajo que la ética periodística requiere ante sucesos como este. 
Pero quiero señalar ante de concluir, que la prensa ha sido tan ruin y abyecta, que aún se refiere a estas cinco personas como “los espías cubanos”, cuando en realidad ninguna de las acusaciones menciona esa palabra, simplemente porque no existe en la jurisprudencia estadounidense, excepto conspiración para cometer espionaje, lo cual tampoco fue probado más allá de la duda razonable.
Así lo veo y así lo digo.
*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en EE.UU., Subdirector de Radio Miami.

No hay comentarios:

Publicar un comentario